viernes, 24 de agosto de 2012

Matón de malos

   Para no faltar a la veracidad de los hechos, diré que quien realmente me jodió la vida fue aquél soldado chiquito y maltrecho, Segismundo, que era del barrio, de la manzana de al lado, con ese nombre que siempre me recordaba una ópera, ¿o era un cuento bárbaro?, el día en que el ejército llamó a todos sus reservistas a formar filas en la plaza Domingo Gadea, porque no tenía gente para enfrentar a la contra que se nos venía encima.
   Todo el barrio se presentó en la plaza a llorar a sus hombres, sus maridos, sus hermanos, sus padres, sus hijos, primos y amigos, a verlos desfilar con sus atuendos de guerra que les sentaban tan mal, a entregarles los últimos cigarrillos, los últimos caramelos, a echarles el último vistazo por si de verdad se convertía en el último, y, ya puestos a despedidas, nos fundimos en un gran abrazo con aquellos hombres vestidos de chocolate, sudorosos y tensos, idos, mirando de reojo la peligrosa montaña del Tisei cuya difusa silueta se entreveía allá por detrás del bochorno del verano. Temblaban de miedo, esa fue mi primera impresión. Y debía de ser así, porque su porte indicaba que no eran guerreros ni deportistas ni truhanes ni vividores, en otras palabras, no eran valientes ni simulaban serlo, si no que eran unos simples campesinos que ya una vez habían huido de la guerra, y, cosas de la vida, ahora la ley los obligaba a convertirse en aquello que estábamos viendo, y su aspecto causaba risa, pero nadie se reía porque la situación era seria y el momento solemne, o quizás porque nadie se atrevía a humillarlos un poco más, bastante tenían con la que sentían…
   Allí estaba yo también, curioseando, jodiendo con los bróteres, estudiando a los soldados, reconociendo caras, observando gestos, deseándoles buena suerte, visteando a las chavalas quinceañeras, y en eso aquél reservista con la muerte tatuada en el rostro, ¿han visto alguna vez a alguien que está a punto de morir pero aún no lo sabe?, se acercó y dijo que me conocía, que vivía una manzana más allá de la nuestra, que no había podido despedirse de su mujer y su hijita pequeña porque éstas pasaban unos días en la casa de  la suegra en un pueblo llamado el Robledal, al otro lado de la montaña de La Repetidora Nacional, y que si era tan amable de entregarles un recuerdo para ellas, pero sólo en el caso de que se confirmara que él no volvería nunca más. Al escucharlo me quedé helado, paralizado, atolondrado, porque era demasiado lo que me pedía; no se le puede endilgar una responsabilidad así a un chavalo de trece años y esperar que salga inmune; a un mocoso no se le puede hablar de las durezas de la vida, de la muerte, del gran dolor que se genera cuando una persona desaparece, porque es un gran peso, tan grande que se corre el riesgo de presionar su interior y expulsar el montón de cosas buenas que trae de la ‘fábrica’.

   Hijueputas contras. Querer cagarnos la vida trayendo la guerra hasta la puerta de nuestra casa. Y encima tontos, pues no pudo ocurrírseles mejor plan que el de intentar tomar por asalto la gran ciudad de Estelí, nada menos que la cabecera departamental y regional, con 80 mil habitantes, albergue del granero más grande del Norte, un aeropuerto militar, un cuartel de fuerzas especiales, un cuartel de inteligencia militar, un cuartel base para el mando regional militar, un cuartel/comando de la policía y dos bases para el descanso de los batallones de lucha irregular.
   Cuando Segismundo me estaba entregando el recuerdo para su familia, la primera nave de guerra, un potente MI−24, hizo su aparición en el cielo y fue a posarse en los predios del estadio de fútbol, a doscientos metros de la plaza; quince minutos más tarde apareció un segundo y aterrizó en el mismo lugar. Dos horas después el batallón de reservistas partió con rumbo a la montaña de San Roque, en el Tisei, y una hora después de ellos los helicópteros levantaron vuelo. Al poco rato empezamos a escuchar los primeros rockets estrellarse y explotar contra el peñascal que cubría la falda de la montaña, y además, diría, aunque no podría jurarlo con los dedos cruzados porque el cerro estaba bien lejos, que se escucharon los gritos de dolor de los primeros heridos…

   Segismundo ya no regresó; muchos de los reservistas no regresaron. Al día siguiente hubo un entierro colectivo al que asistí; las cajas estaban selladas, pues se rumoreaba que los cuerpos de los reservistas habían quedado destrozados y no había sido posible recomponerlos en una sola pieza. Después del entierro fui a buscar a la familia de Segismundo para entregarle el recuerdo del que había sido padre y marido. Dentro de la casa, aquello era un calvario. Lágrimas, sollozos y lamentos por todos los rincones, personas entrando y saliendo, repartiendo su pésame. Y fue al ver a esa pobre mujer vencida, hundida, hecha añicos, y a esa niñita llorosa y tristona, ambas mujeres infelices para el resto de la vida, cuando se me salió el indio que llevo dentro, me encachimbé, y juré vengar aquellas muertes, matar indiscriminadamente hasta que las fuerzas me dieran abasto.
   Y entonces me enrolé en el ejército y empecé a matar sin misericordia, y en mi batallón fui reconocido como La Piedra que no dejaba rehenes para que Inteligencia hiciera su trabajo, y después, cuando se terminó la guerra y me quitaron las armas reglamentarias, me especialicé en los golpes mortales del karate y en el manejo de armas blancas, y continué aniquilando a los malos de este mundo, a los que nos quitan los sueños y nos venden mierda, y cuando la patria se me hizo pequeña salí de sus fronteras y del Istmo y del continente, y los crucé todos en busca de los malos, y maté a todos lo que encontré por el camino, y es desde entonces que voy por el mundo, de acá para allá y de allá para acá, haciendo lo que juré hacer para vengar la muerte de aquél pobre hombre, quién presintiendo que de aquella tarde no pasaría con vida, me encomendó la tarea más difícil que se le puede encomendar a un niño de trece años: transmitir el dolor.

4 comentarios:

  1. Muy bueno, duro e impactante. Me ha gustado, cada día escribes mejor

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    1. Oh! halagado me has, señora, gracias por esas palabras

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  2. Wow
    coincido con la bruja, es impactante. Ese final me ha dejado sin aliento.
    Bravo Moreno!

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    1. Solo hay una persona en el mundo que me dice así, por lo que te reconozco aunque te pongas de Anónimo. Gracias

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